El proceso de evolución basado en darse de topes con los problemas:


Cuando somos niños, no tenemos una conciencia de lo que está bien o mal. Nos movemos, jugamos y reímos por la sola razón de que sentimos deseos de hacerlo. No nos detenemos a pensar acerca de lo que es correcto o incorrecto, ni tampoco acerca de posibles consecuencias, simplemente actuamos. Es en este marco mental, que llevamos a cabo nuestros actos más audaces, mientras vivimos el periodo más rico en aprendizaje de nuestra vida. Es durante esta etapa de descubrimiento, en la que desarrollamos nuestro primer concepto de lo que es correcto y lo incorrecto; lo correcto, nos produce placer o detiene nuestro dolor; lo incorrecto, nos genera dolor o malestar. Iniciamos así nuestro proceso de aprendizaje de lo que está bien o mal dándonos de topes contra objetos.


Muchos especialistas nos han dicho, que es durante los primeros años de nuestras vidas en los que desarrollamos nuestros valores fundamentales. Nuestros padres, de manera consiente o inconsciente, se convierten en nuestras principales referencias, ya que nuestro objetivo primordial a esa edad, es recibir su amor y aprobación.


Esto genera un refinamiento adicional en nuestra percepción de lo que es correcto y lo incorrecto: con lo “correcto”, obtenemos aprobación y amor; con lo “incorrecto”, no obtenemos ni aprobación, ni amor.


Este es un momento crucial en nuestras vidas. Si obtenemos demasiada atención y amor, podemos volvernos demandantes y caprichosos, mientras que muy poca aprobación y amor, puede hacernos indolentes y dejarnos resentidos para el resto de nuestra vida. Encontrar el balance adecuado es entonces una cuestión muy delicada y requiere de una gran atención de parte de nuestros padres.


De esta manera es que, durante nuestra niñez, asumimos que tener la razón es una prerrogativa de ser adulto, y como consecuencia, deseamos crecer lo más rápido posible. Observamos y aprendemos de las personas mayores, seguimos su ejemplo e intentamos copiar su personalidad porque queremos ser como ellos. Difícilmente podemos esperar a “ser grandes”. Los niños utilizan los utensilios de afeitar de su Papá, las niñas se ponen a la moda con los zapatos de tacón de su Mamá, y todos queremos ser incluidos en las conversaciones reservadas a los adultos.


Conforme tratamos de obtener el amor y la aprobación de los que son mayores de edad, el concepto de autoridad comienza a aparecer de manera cada vez más frecuente en nuestras vidas. No son ya únicamente nuestros padres quienes nos dicen que hacer y cómo comportarnos, sino que de repente, existe también un inmenso grupo de personas que nos dan ordenes y meten la nariz en nuestras vidas todo el tiempo: abuelos, hermanos mayores, maestros, entrenadores, sacerdotes, tías, oficiales de policía, viejitas, etc. Cada vez nos sentimos más restringidos, y ya no podemos movernos, jugar o reír sin alguien diciéndonos que estamos haciendo mal.


Obtener amor y aprobación se torna cada día más difícil y confuso, especialmente porque todas estas personas requieren de cosas diferentes, pareciendo no dar el mismo valor a las cosas. Obtener una buena calificación en la escuela puede darle una gran satisfacción a nuestra Mamá, mientras que nuestro Papá, ni se entera. Por otra parte, meterse en una pelea puede ser algo sensacional para compartir con nuestro Papá, mientras que nuestra Madre nos regañará de inmediato por haberlo hecho.


Afortunadamente para nosotros, la juventud nos dota con una fuente casi inagotable de energía, la cual tendemos a enfocar en la obtención de nuestra libertad, retando todo lo que nos ha sido impuesto. Cuando ya contamos con aproximadamente quince años de experiencia en la vida, nos consideramos lo suficientemente conocedores como para entrar al juego de lo que correcto e incorrecto. Después de algunos años de seguir las instrucciones de aquellos “que tienen la razón”, empezamos nuestro proceso de independencia creando nuestro propio mundo, definiendo nuestras propias reglas y retando abiertamente a cualquiera que piense diferente. Asumimos que, con pasión y trabajo duro, seremos capaces de mostrarle al mundo la razón que tenemos. También asumimos que nuestra rectitud nos protegerá de cualquier daño que se presente en nuestro camino.


Armados con esta convicción, emprendemos la pelea por nuestra independencia, dándonos de topes contra todo y todos, de manera tan fuerte y frecuente como no lo haremos en ninguna otra etapa de nuestras vidas.


Entonces, algo totalmente inesperado sucede: Mientras más defendemos lo que nosotros sabemos que es correcto, y mientras más queremos comportarnos como nuestros modelos, más oposición y falta de aprobación obtenemos. De repente, todo y todos están totalmente en contra de nosotros. Es un periodo de gran confusión en nuestras vidas. La gente nos esta diciendo continuamente que nos debemos comportar de una cierta manera, pero ellos hacen algo completamente diferente.


Cuando nos atrevemos a pedir explicaciones, o bien somos enviados al otro lado de la galaxia en compañía de nuestra madre, o se nos da un largo y confuso sermón en el que normalmente se incluye una sección de cómo alguien ha hecho un desastre de su vida haciendo lo que nosotros queremos hacer (ya sabe, el amigo de un amigo…), y entonces una sección muy larga y llena de frases célebres, acerca de cómo es que nosotros nos debemos convertir en la personificación de la virtud misma, ya que no quieren que cometamos los mismos errores que ellos, o alguien más, cometió (el amigo de un amigo).


La comunicación se distorsiona totalmente, lo que nos dicen es totalmente incomprensible para nosotros, y lo que nosotros decimos es siempre interpretado de la peor manera posible. No toleramos ni siquiera verlos, y ellos sienten exactamente lo mismo hacia nosotros, excepto que ellos no pueden evitar su necesidad de meterse en nuestras vidas. Nos damos de topes contra todos, y todos nos dan de topes a nosotros. Es una guerra sin cuartel de topes de todos contra todos.



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