¡Yo estoy equivocado, Ellos están equivocados!



El consuelo más usual para todos, es el pensar que al final, nadie tiene la razón. Es lógico concluir que, si nosotros no podemos estar en lo correcto todo el tiempo, entonces nadie más puede. Por lo tanto, lo más seguro es asumir que todos estamos mal como punto de partida.


Esto es, todos tomamos como punto de partida en cualquier discusión, la actitud de “demuéstramelo”. Todos tenemos nuestro punto de vista propio, sabemos que lo mas probable sea que la otra persona no está deseosa de adoptarlo, así que lo dejamos mostrar sus cartas primero. Entonces, todo lo que tenemos que hacer es invalidar sus argumentos y presentar los nuestros como los que deben ser adoptados, no porque sean los correctos, sino porque para ese momento, será la única alternativa que queda.


El problema es, que ya todos hemos jugado antes este juego muchas veces. Sabemos que es lo que va a suceder. Ya hemos desarrollado un sinnúmero de tácticas para evadir ser los primeros en presentar los argumentos, por lo que presentamos únicamente parte de ellos, o iniciamos explicando unos argumentos que confundan a nuestra audiencia, o presentamos algunas ideas que se basen en lo que imaginamos serán los argumentos de la otra persona, o cualquier otra táctica que nos permita salvaguardar nuestros argumentos, mientras intentamos probar que los de los demás son erróneos.


Usted puede fácilmente imaginar los efectos que este tipo de maniobras tienen en el logro de una buena comunicación. Podríamos escribir cientos de hojas describiendo las más increíbles discusiones de las que hemos sido testigos como agentes de cambio: Marido y mujer reclamando que se han pasado los últimos veinte años de matrimonio haciendo lo que la otra persona desea, y nunca obteniendo lo que ellos quieren: Socios quejándose de que ellos hacen mucho más por el negocio que cualquiera de los otros socios: Gerentes manejando sus áreas como si fueran pequeños reinos listos para atacar a cualquier compañero gerente que tenga la osadía de entrar en sus dominios.


Seguramente, este tipo de medio ambiente no es precisamente el más adecuado para hacer a una organización esbelta y eficiente. Al final, independientemente de lo grandiosa que hubiera sido la situación en algún momento, la organización (matrimonio, negocio, equipo de futbol, etc.) termina por caer en pedazos. Lo que nos proporciona la prueba final del supuesto con el que empezamos: todos estamos equivocados.


Y dado que todos estamos equivocados, el cinismo comienza a desarrollarse en nuestras mentes. ¿Cual sería la razón de hacer cualquier cosa si de todas maneras no va funcionar? ¿Porque hacer lo que los gerentes dicen si finalmente van a cambiar de parecer? ¿Por qué debemos seguir instrucciones si nada le sucede al que no los sigue? Cuando cualquier iniciativa de mejora es recibida con total cinismo bajo la bandera de: “Esta compañía nunca va a cambiar”, entonces, la cuenta regresiva para la extinción ha iniciado.


Lo curioso es que, así como TENER LA RAZON NO ES SUFICIENTE para garantizar el éxito de la empresa, también es cierto que estar equivocado no es suficiente para acabar con la organización. Se requiere de mucho mas que un error, aún cuando este sea inmenso, para destruir la compañía. Es únicamente cuando las operaciones del día con día se han plagado de desconfianza y resentimiento que la verdadera caída comienza.


Los errores pueden lastimar el desempeño de cualquier organización, pero rara vez son suficientes por sí mismos para causar el fin. Por el otro lado, cuando todos en la organización están tratando de hacer su mejor esfuerzo para asegurar que todos los demás estén equivocados, esto garantizará sin lugar a dudas la muerte prematura aún de la compañía más saludable.


ESTAR TODOS EQUIVOCADOS ES MÁS QUE SUFICIENTE PARA MATAR CUALQUIER INICIATIVA.



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